A casi dos años y medio de su gestión, el presidente Javier Milei mantiene el relato contra “la casta política” y promueve la “moral como política de Estado”, pero ese discurso se ve cada vez más tensionado por una cadena de denuncias y ajustes internos que, según un informe de El País publicado el 3 de mayo de 2026, erosionan la credibilidad de su administración y alimentan la preocupación ciudadana por la corrupción.

El origen del conflicto está en la promesa fundacional de su llegada a la Casa Rosada: limpieza de prácticas, castigo a la corrupción y un programa de ajuste que, sostuvo su espacio, requería ejemplaridad en el Ejecutivo. Sin embargo, en las últimas semanas se hicieron públicos casos que ponen en entredicho esa coherencia: investigaciones judiciales por presunto enriquecimiento ilícito, funcionarios con bienes no declarados en el exterior y relevos forzados en áreas clave del Gobierno.

Investigaciones sobre figuras clave del equipo

El foco principal de los señalamientos recae sobre Manuel Adorni, jefe de Gabinete, quien está siendo investigado por la justicia por un presunto enriquecimiento ilícito vinculado a la compra de propiedades y a un nivel de gastos que, según las denuncias, no se condice con sus ingresos. A pesar de ello, el presidente Milei lo ha ratificado en su cargo. En paralelo, el secretario de Coordinación de Infraestructura, Carlos Frugoni, fue despedido luego de que trascendiera que posee propiedades y sociedades comerciales en Estados Unidos no declaradas. La Fiscalía también pidió indagar a Andrés Vázquez, titular de la Agencia de Recaudación (ARCA), por motivos similares.

El discurso de Milei contra “la casta” choca con los escándalos de corrupción de su Gobierno | EL PAÍS Argentina

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Estas investigaciones y relevos dispararon cuestionamientos sobre los mecanismos de control internos y la transparencia en la administración pública. Lejos de ser episodios aislados, el conjunto de casos plantea dudas sobre la consistencia entre la retórica anticorrupción del oficialismo y las prácticas de su propio equipo.

Cómo afecta esto a la percepción pública y al respaldo político

Los datos de opinión pública refuerzan el impacto político de los escándalos. La consultora Atlas Intel, que había pronosticado el triunfo de Milei en 2023, registró una pérdida de más de diez puntos en la aprobación del mandatario desde fines de 2025. Su último sondeo, realizado entre el 24 y el 28 de abril con 4.844 adultos de todo el país, arrojó una desaprobación del 63% y una aprobación de apenas 35,5%.

Los consultados ubicaron a la corrupción como el principal problema del país (50,3%), por encima del desempleo (38,5%) y de la inflación (35,9%), lo que revela que los escándalos no sólo dañan la imagen del presidente sino que reconfiguran las prioridades ciudadanas. En ese escenario, la combinación de ajuste económico y cuestionamientos éticos genera un cóctel político de alto riesgo.

“El Gobierno está ante la posibilidad de que se generalice una conexión muy peligrosa”, sostuvo el politólogo Facundo Cruz, y advirtió sobre el costo político de que la ciudadanía identifique la gestión con prácticas de enriquecimiento del entorno.

Javier Lorca

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¿Qué sigue y cuáles son los posibles efectos concretos?

El choque entre el discurso y los hechos reabre el debate sobre transparencia, controles institucionales y responsabilidades en el Ejecutivo. En el plano judicial, las causas abiertas y las solicitudes de indagatoria avanzan a distintos ritmos; en el terreno político, la continuidad de funcionarios cuestionados y la respuesta oficial a los hallazgos serán decisivas para contener la pérdida de apoyo.

A corto plazo, se esperan más movimientos: procedimientos judiciales que podrían derivar en nuevas citaciones, decisiones del Ejecutivo sobre relevos o ratificaciones y la eventual ampliación del debate público sobre la ética en la administración. Para el oficialismo, la clave será si logra aislar los casos y mostrar avances en controles; para la oposición y buena parte del electorado, la prueba será que los procesos culminen en sanciones claras o, al menos, en explicaciones convincentes.

El efecto práctico ya se ve en las mediciones: la preocupación por la corrupción encabeza la agenda ciudadana y amenaza con poner en segundo plano las propuestas económicas del Gobierno. En ese contexto, el próximo movimiento relevante será el de la justicia y la eventual respuesta del Ejecutivo a las demandas de transparencia. Mientras tanto, la promesa fundacional de “moral como política de Estado” atraviesa su prueba más exigente.